Cuando todo internet era monte, existió un príncipe nigeriano que necesitaba ayuda para recuperar una fortuna millonaria. Era uno de los primeros intentos de fraude que recuerdo, justo en la bandeja de mi correo electrónico.
El fenómeno del príncipe nigeriano, así como el del pariente desconocido que prometía una gran herencia a cambio de un préstamo de dinero, fue notoria por lo absurda que parecía. Desconozco si mucha gente cayó en esta estafa, pero parece poco probable que un correo mal escrito que pedía un pago por adelantado de un supuesto miembro de la realeza haya cultivado grandes éxitos.
En ese entonces, la principal defensa de los usuarios fue el sentido común. Aprendimos a desconfiar de mensajes extraños, ofertas demasiado buenas para ser verdad y remitentes sospechosos.
La buena noticia era que el fraude dependía, en gran medida, de que alguien cometiera un error. La mala noticia es que esa ventaja está desapareciendo.
Un reporte reciente recopilado por Visual Capitalist muestra que las preocupaciones de los especialistas en ciberseguridad están cambiando rápidamente. El fraude biométrico, las identidades sintéticas y los deepfakes aparecen entre las amenazas que más inquietan a las organizaciones para los próximos años.
No es difícil entender por qué.
Hoy es posible clonar voces, generar fotografías hiperrealistas y producir videos capaces de engañar incluso a usuarios experimentados. Lo que hace unos años requería equipos especializados y presupuestos elevados ahora está al alcance de cualquiera con acceso a las herramientas adecuadas.
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Eso tiene consecuencias gravísimas para todos los que estamos en línea. No solo porque las estafas ya no son tan fáciles de prevenir como en tiempos del príncipe nigeriano, sino porque a medida que los fraudes se sofistican, la confianza digital empieza a volverse más difícil de verificar.
Para bancos, fintechs, marketplaces y prácticamente cualquier empresa que opere en línea, estas nuevas amenazas exigen un cambio en las prioridades. Ya no solo se trata de una carrera por eliminar fricción, abrir cuentas en minutos; solicitar créditos desde tu app o contratar servicios sin tener que ver a otra persona… Se trata de hacerlo mientras evitan fraudes cada vez más complejos.
Si no fuera aterradora, la paradoja sería fascinante.
La misma tecnología que está ayudando a las empresas a ser más eficientes también está ayudando a los delincuentes a construir engaños más convincentes.
Por eso algunas de las inversiones más importantes en seguridad ya no están enfocadas únicamente en proteger sistemas. Hoy, el foco está en validar identidades, detectar comportamientos anómalos y encontrar nuevas formas de distinguir entre personas reales y versiones artificiales de ellas.
Y quizá esa sea una de las conversaciones más importantes de la revolución de la inteligencia artificial.
No cuántos empleos automatizará.
No qué industrias transformará.
Sino qué ocurrirá cuando dejemos de poder confiar en lo que vemos, escuchamos o recibimos en nuestras pantallas.
Durante años aprendimos a ignorar correos de príncipes nigerianos.
La próxima generación de fraudes será mucho más difícil de identificar porque llegará con la voz de un colega, la imagen de un familiar o un video que parezca completamente auténtico.
El príncipe nigeriano, al menos, tenía la cortesía de parecer falso.

