Hay proyectos que nacen de una persona, pero solo se convierten en instituciones cuando dejan de depender de ella.
En el trabajo comunitario esto es particularmente importante. Es relativamente común encontrar una buena idea, reunir voluntades e incluso conseguir resultados durante algunos años. Lo verdaderamente difícil es construir las condiciones para que esa idea continúe cuando cambien quienes la dirigen, cuando lleguen nuevas generaciones y cuando las necesidades de la comunidad sean distintas a las que dieron origen al proyecto. Esto lo he aprendido de cerca en Casa de las Ideas.
Este espacio nació como parte de una visión más amplia de Tijuana Innovadora, acercar oportunidades de formación artística, cultural y educativa a jóvenes de comunidades de Tijuana. Desde 2013, por Casa de las Ideas han pasado talleres de teatro, cine, fotografía, literatura, radio, danza y artes plásticas, entre otras actividades. En ese tiempo se han realizado 269 talleres, con más de 9 mil beneficiarios directos y más de 45 mil indirectos en 12 comunidades de la ciudad.
Los números permiten dimensionar el proyecto, pero no explican por sí solos por qué ha permanecido.
Una institución se sostiene cuando logra que otras personas se apropien de su propósito. Cuando quienes llegan después entienden por qué existe, pero también tienen suficiente libertad para cuestionar cómo debe continuar.
Ese equilibrio no siempre es sencillo. Respetar la historia de un proyecto no significa conservarlo intacto. Las comunidades cambian, los jóvenes cambian y también cambian las herramientas con las que aprendemos, nos comunicamos y participamos. Si queremos que una iniciativa siga siendo relevante, tenemos que permitirle evolucionar.
Por eso, uno de los mayores desafíos de los proyectos sociales es formar relevos. No solamente personas capaces de ejecutar actividades, sino nuevas generaciones dispuestas a asumir responsabilidades, proponer caminos distintos y eventualmente tomar decisiones que sus fundadores quizá nunca imaginaron.
Ahí ocurre una transformación importante: una iniciativa deja de pertenecer a quienes la comenzaron y empieza a pertenecer a la comunidad que la mantiene viva.
Tijuana Innovadora, movimiento creado por José Galicot Behar, también enfrenta ese desafío. Después de más de una década de trabajo, su siguiente etapa no puede consistir únicamente en preservar lo construido por él. Tiene que conseguir que nuevas generaciones encuentren un espacio propio dentro del movimiento, desarrollen proyectos y construyan sobre lo que otros comenzaron.
Desde Casa de las Ideas podemos verlo a pequeña escala. Un joven llega a un taller para aprender fotografía, teatro, literatura o alguna otra disciplina. Algunos permanecen unas semanas; otros encuentran una vocación; otros regresan posteriormente desde un lugar distinto y comparten lo que aprendieron. Cada vez que eso sucede, el proyecto deja de depender un poco menos de quienes lo iniciaron.
Para mí, ahí está una de las señales más claras de que una institución está cumpliendo su propósito.
Muchas veces hablamos del legado como aquello que una persona deja detrás. Tal vez deberíamos entenderlo de otra manera. El mejor legado no es una obra terminada que las siguientes generaciones tengan la obligación de conservar, sino una plataforma suficientemente sólida para que puedan transformarla.
Quienes hoy tenemos la responsabilidad de conducir proyectos que otros imaginaron también tenemos una obligación: cuidarlos sin apropiarnos de ellos, reconocer su historia sin quedar atrapados en ella y preparar a quienes algún día deberán relevarnos.
Porque una institución verdaderamente exitosa no es aquella que necesita permanentemente a su fundador.
Es aquella que consigue que su propósito siga vivo cuando nuevas personas toman el relevo.

