Cuando pensamos en científicos, nuestro primer impulso no es asociarlo con geopolítica. Sin embargo, la biotecnología —como muchos otros espacios dentro de la ciencia— está atravesada por una carrera constante entre países y regiones.
Las empresas biotecnológicas compiten entre ellas por descubrir el próximo tratamiento revolucionario, pero en los últimos años esa lucha también ha estado atravesada por decisiones como: ¿en qué parte del mundo conviene desarrollar un producto?
Un reporte reciente de Sofinnova Partners describe cómo la biotecnología atraviesa una reconfiguración impulsada no solo por la innovación científica, sino también por la competencia entre bloques económicos. Estados Unidos, Europa y Asia están rediseñando sus estrategias para atraer empresas, fortalecer capacidades de investigación, proteger cadenas de suministro críticas y reducir su dependencia tecnológica en un sector que hoy consideran estratégico.
Eso está cambiando las reglas del juego para las startups.
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Tradicionalmente, una empresa de biotecnología buscaba instalarse donde encontraba mejores investigadores o mayor acceso a capital. Hoy la ecuación incorpora nuevas variables, como incentivos gubernamentales, soberanía tecnológica, regulación, acceso a propiedad intelectual, manufactura avanzada e, incluso, seguridad nacional.
El reporte muestra que la próxima generación de empresas biotecnológicas crecerá en un entorno donde la política industrial volverá a tener un peso que parecía haber perdido hace décadas. Los gobiernos ya no solo financian investigación básica; también buscan atraer talento, facilitar la producción local, fortalecer ecosistemas de innovación y asegurar que tecnologías consideradas estratégicas permanezcan dentro de sus propias regiones.
En otras palabras, la competencia dejó de darse únicamente entre empresas.
Ahora también ocurre entre países.
Y México no es ajeno a la conversación.
Nuestro país ha encontrado en el nearshoring una oportunidad para fortalecer su papel dentro de las cadenas globales de manufactura. Sin embargo, pocas veces hablamos del nearshoring aplicado al conocimiento. Hoy, la biotecnología podría ser uno de esos sectores.
México cuenta con universidades que generan investigación de alto nivel, un ecosistema creciente de emprendimiento científico y una ubicación privilegiada para colaborar con Estados Unidos. Sin embargo, convertir esas ventajas en empresas competitivas requiere más que talento científico. También exige marcos regulatorios eficientes, protección robusta de la propiedad intelectual, financiamiento especializado y mecanismos efectivos para transferir conocimiento desde los centros de investigación hacia el mercado, concluye el reporte.
Eso significa que la próxima carrera biotecnológica no se dará únicamente en los laboratorios, sino en ecosistemas que tengan capacidades para transformar la ciencia en una empresa escalable. Y esa transformación depende tanto de los investigadores como de inversionistas, universidades, reguladores y gobiernos.
A gran escala, esto también implica cambios en el emprendimiento de base científica y en el fin de un mito que se ha vuelto dogma en el ecosistema: La competencia en mercados globales.
Hoy estamos viendo, con total claridad, que las fronteras sí importan. La geografía es una ventaja competitiva que conviene tener en mente durante los procesos de construcción de una empresa.
Y esa, más que una decisión científica, empieza a ser una decisión geopolítica.

